27.1.07

Caviar, o la izquierda de las apariencias (I) - Lo que nos trajo la CIDH


En el momento que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos ordenó la reparación monetaria y el homenaje a un grupo de terroristas muertos en la insurrección de Castro Castro en 1992, pude poner un post en caliente, pero preferí dejar pasar un poco de tiempo. La venganza no es el único plato que sabe mejor frío, también las reflexiones sobre temas que tocan a uno de manera cercana: en este caso el Sendero Luminoso con que la mayoría de peruanos crecimos en los 80's y comienzos de los 90s: el grupo terrorista que causó la más sangrienta guerra de la historia republicana.

Tomemos una combi en hora punta, que este viaje va a tomar cierto tiempo.

Primera parada: La CIDH vende la soga con que la buscan ahorcar

Para el pueblo llano y común esta sola resolución, más allá de si era jurídicamente correcta o no, nos supo a rocoto relleno con wasabi. Intragable. Suelten el pretexto que fuere, la violencia que vivió en esa época el pueblo peruano se experimentó como un fenómeno terrorista más que un enfrentamiento entre ambas partes por igual. No fue así, a pesar que el rumbo que tomó la CVR más un montón de costosas performances, obras teatrales y tipos en zancos y máscaras nos intenten convencer de lo contrario.

El caso de la muerte de esos terroristas en los penales fue parte de un virtual estado guerra, con la Nación con una daga en el cuello. Si bien el Estado cayó en tácticas sucias, estás solo fueron parte de una política sistemática de represión en el gobierno de Belaúnde, paradójicamente el gobernante que sale mejor parado en la evaluación de la CVR. Puestas las cosas de esta manera, está bien ver los crímenes que se cometieron contra la población civil no beligerante, y compensarla por los abusos en que incurrió el Estado. A ellos sí. ¿Pero a los terroristas que originaron esa época de horror? El sentido de la justicia se mide con la lógica y vivencia de los afectados por esos grandes crímenes, que arruinaron a la nación. No se puede medir a los beligerantes con la misma vara que a los inocentes.

La respuesta históricamente correcta debe ser NO.

El veredicto de la CIDH supo a mieles para la derecha. Son enemigos acérrimos de cualquier instancia veedora de los Derechos Humanos, no solo por convicción filosófica, también porque muchos de sus líderes representativos mundiales han tenido la debilidad de vulnerar ese punto de manera abierta. Como la izquierda abusa del tema de los D.D.H.H., la derecha, bruta y simplona, salvo honrosas excepciones, se va en contra de ellos como un toro. Y les cae una inapelable y merecida estocada intelectual en consecuencia . Pero esta vez la CIDH se ponía la soga al cuello ante un público al que se le intenta convencer que ellos son buenos, justos, equilibrados, en suma una instancia en que confiar. Que no lo son.

Para cierta izquierda - la mayoría lamentablemente, usaré el término de manera genérica a partir de ahora-, luego de una suave e hipocritona discrepancia (porque la mayoría de ellos en el fondo sienten que es una medida justa) no sabían donde esconder la cabeza del avestruz, y comenzaron a atacar por otro flanco: que se quiere desvirtuar a la CIDH, que se quiere salir de esa instancia, que el gobierno ataca los D.D.H.H. Se puede esperar una reacción así de autómata y panfletaria de la izquierda más arcaica, pero la supuesta izquierda pensante, que es la mayoría de nuestra élite cultural, la mayoría de los líderes de opinión, pero que se las ingenian para ser enanos electorales, también caen en ello. Muchos de ellos son conocidos por el mote bien puesto de "izquierda caviar", un apelativo que algunos no soportan leer sin que les hierva el hígado.
Entonces, todos, pensantes como autómatas, vuelven a usar en este caso el tema de los DDHH, sin saber que hacen perder piso y consenso en la población a este noble pero malinterpretado ideal.

En fin. Una típica interpretación de los Derechos Humanos que sólo valen para los Izquierdos Humanos. Debemos saberlo, es una estrategia heredada, a veces por inercia o a veces de manera consciente de las viejas épocas de las guerrillas y las estrategias de la Internacional Comunista. Algo cuya pretensión debe ser de universalidad como los DDHH, es manoseado y usado como asbesto, escudo y patrimonio exclusivo de un sector político, y se olvidan de estos principios cuando llega al poder. Vamos, los misterdangers Hugo Chávez, Fidel Castro, Daniel Ortega y Velasco Alvarado nunca recibieron ni recibirán la avalancha de denuncias de violaciones a los DDHH que puede recibir un gobierno de derechas con menos carga autoritaria que aquellos.

¿Se preguntan porqué? La Historia tiene la respuesta.

Segunda Parada: Los años maravillosos

La manipulación de los Derechos Humanos como arma de supremacía intelectual puede remontarse en sus orígenes a la Francia napoleónica, pero podemos registrar su uso claro por primera vez en las políticas de hegemonía cultural de los E.E.U.U y la carta de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Acabada la Segunda Guerra Mundial, los EEUU tenían una supremacía moral sobre la tiránica URSS y una victoria aplastante sobre las ideologías fascistas ultranacionalistas de Alemania, Italia y Japón. En el papel, el noble comunismo era un sistema más justo que ese sucio capitalismo de la ley del más rico. Pero la práctica convenció de lo contrario. Con todos sus defectos las sociedades capitalistas superaban los escollos que el materialismo científico e histórico predecían como augurios de su ruina, mientras todas las interpretaciones del idealismo comunista, léase Stalin, Mao, Tito, Fidel, Pol Pot, Enver Hoxa, y demás espadas de la revolución, fracasaban en la praxis, y disminuían en vez de aumentar, las perspectivas de desarrollo humano, no solo a nivel individual, sino también comunal. Las únicas fórmulas funcionales fueron las que admitieron una porción generosa de principios capitalistas y se alejaron de dogmas fundamentales en la mezcla, como los estados de bienestar de los socialistas escandinavos.

Los E.E.U.U. de Roosevelt y Eisenhower, si bien eran una potencia imperialista, tenían una sincera creencia de haber sido designado como país redentor de la humanidad. Se enarbolaron los Derechos Humanos junto con la Democracia como ideales de combate contra el entonces poderoso materialismo histórico comunista. En realidad nuestra generación (la Generación Enci, en el caso del Perú, nacida aprox. entre 1976 y 1981) y las posteriores no tienen idea de las dimensiones intelectuales de ese combate, aula por aula, en las décadas previas a la caída del Muro, pero esa es otra historia. La falta de libertad y el sometimiento al Estado Leviatán del comunismo fueron los talones de aquiles donde los defensores del american way of life atacaban estos puntos alegando la carta de la ONU de los DDHH.

Pero sucedió un interesante giro de la historia. Aunque fue gradual y no tiene fecha pero podemos darle un ícono: Vietnam.

Los Estados Unidos, abanderados universales de los DDHH, los violaban sistemáticamente ante sus cámaras de televisión, contra un país militarmente minúsculo como Vietnam del Norte, que adquirió dimensiones históricas al ser el primer país en derrotar a los Estados Unidos en una guerra para nada limitada. Ciertamente esa derrota no se debió únicamente a las estrategias militares del Vietcong, ya que influyó mucho la opinión pública norteamericana, orientada tanto por aquel último gran fenómeno de pensamiento popular que fue el movimiento hippie, como por la influencia en este de numerosos dirigentes jóvenes con ideas cercanas al comunismo. Acabar con la guerra e iniciar un movimiento pacifista fue noble, pero sería ciego no ver allí que se descubrió una cantera que el comunismo soviético y chino pudo capitalizar para usar a su favor el arma que se usaba en su contra.

A pesar del anticomunismo inherente a los Estados Unidos, las banderas de izquierda adquirieron mucho (y merecido) prestigio en Norteamerica por haber colaborado en finalizar la guerra de Vietnam y asociarse en algo tan idealista, iluso, fútil aunque bello como fue lo hippie. Muchos de los intelectuales de izquierda actuales, fueron influídos por lo hippie, sobre todo la izquierda proveniente de clase alta o media alta, muchos de los cuales luego conformarían el grueso de la ya consabida "izquierda caviar".

Y aquí vamos:

Escenario: Finales de los 60's y 70's. Patios de todas las Universidades de Latinoamérica. Las futuras élites económicas y culturales se preocupaban más en la política que de programar las canciones de su Ipod. No en vano. Se aproximaba La Revolución Mundial. La dialéctica histórica y la lucha de clases la hacían inevitable. Y siguiendo a Marx, la violencia tenía que ser la partera de la historia, por lo que el cambio al sistema comunista iba a costar mucha sangre proletaria y la de quienes combatieran a su lado. Pero, a nuestros amigos revolucionarios en las élites se les presentaba un camino que no tenía que ser necesariamente el del Ché en Bolivia o Javier Heraud en la Amazonía. Había otro frente que se abría para luchar por la revolución.

En esa misma coyuntura, llegaban al poder en el Cono Sur los sangrientos regímenes del Plan Cóndor, las dictaduras de Chile, Argentina y Uruguay. Un poco antes, el PRI masacraba miles de estudiantes en la plaza de Tlatelolco. Los gobiernos de Nicaragua, Guatemala, Honduras y El Salvador iniciaban una guerra sucia sistemática contra las insurgencias en sus países.

La lucha justa contra los abusos y atrocidades de estos gobiernos se volvió una bandera común de la izquierda latinoamericana, como lo fue la oposición a la Guerra de Vietnam entre sectores políticos de izquierda en los EEUU. Una masacre atroz contra intelectuales y bases de izquierda en estos países de Sudamérica enmarcó lo que sería un arma de lucha legal, y posteriormente, una carta blanca en mérito a lo sufrido para ingresar en los ámbitos de las Cortes de Justicia Internacional, a veces alterando el equilibrio de opiniones hacia la izquierda y mas allá.

Parada Final: Derechos Humanos, mi estrategia es amarte y olvidarte

Recordando la primaria con la Teoría de Conjuntos:

Primer conjunto A contiene: Abogados, sociólogos, antropólogos, psicólogos, periodistas y otras profesiones afines.

Segundo conjunto B: Maoísmo, Trotskismo, Leninismo, Pensamiento Gonzalo.

Tercer conjunto C: Grandes riquezas familiares, estamental influencia en medios y think tanks.

Intersección de los tres A^B^C: Una fuerza considerable para apoyar la Revolución desde el frente de la condena moral con sustento intelectual y estamental.

Los Derechos Humanos son violados solo por regímenes de derecha, parece ser la premisa de aquellos que vivieron las oscuras épocas de los regímenes militares en los 70s. Se enarbolan los Derechos Humanos pero se ignoran las contradicciones que esto implica si se tiene que a la vez ignorar la violación sistemática en los países que dicha ideología admira.

Aquí llegamos precisamente a la raíz del fariseísmo original en muchos de los autoproclamados defensores de los Derechos Humanos: no se podía defender el Comunismo Internacional, no se podía abogar por la Revolución, por un cambio basado en una mera ley del más fuerte, y a la vez denunciar abusos del otro bando. Pero lo hacían.

Las purgas stalinistas.

Las represiones sangrientas en Hungría y Checoslovaquia por parte de la URSS.

La Revolución Cultural que mató a millones en China.

La masacre de tibetanos por parte del gobierno maoísta en los 70s.

Las masacres del Khmer Rouge en Camboya que llevó a casi extinguir toda una cultura en 3 años.

Los abusos de la URSS en Afganistán.

Sin mencionar el culto a la personalidad en la mayoría de los regímenes, y la tendencia al totalitarismo. Y un largo etcétera por no mencionar casos "menores" como Fidel, Ortega o Velasco.

La coincidencia es que un sector considerable de los actuales defensores de los DDHH se hicieron de la vista gorda, obesa compulsiva, ante muchos de estos crímenes abyectos contra el ideal que ellos decían defender. Podías condenar algunos, dependiendo del ísmo que adoptaras: si eras pro-soviet condenabas los abusos maoístas, si eras maoísta recordabas los abusos de la URSS. Bueno, si eras partidario de Enver Hoxa no tenían como atacarte, ¡pero solo porque la brutal represión en Albania impedía la salida de cualquier noticia! Claro, si eras trotskista soñabas con que el país que gobernara algún día tu ísmo no cayera tanto en esos excesos, pero sí un poquito, en nombre de la Revolución. Y así.

Con todo esto dicho no pecamos en vulgarizar el tema al decir: no era amor al chancho sino a los chicharrones. No defendían, ni defienden en sí los Derechos Humanos, sino un interés político, ahora sin Revolución a la vista, un poco diluído sin duda.

Bueno, ahora centrándonos en el Perú. Un caso MUY distinto a como sucedieron las cosas en el Cono Sur de Videla y Pinochet, donde la lucha por los Derechos Humanos sí encontró una más fuerte justificación. Eran los 80s y la izquierda peruana no tenía un monstruo de esas características. Y el dictador más cercano y abusivo históricamente resultaba ser Velasco Alvarado (el mejor y a la vez el peor presidente del Perú en el siglo XX, ya lo explicaré en un futuro post), que había asimilado en su gobierno muchas de las propuestas y personajes de la izquierda. Violó derechos humanos, vulneró la constitución.

Pero vamos, era de izquierda.

Para colmo de males, surgía un movimiento guerrillero sui géneris en América Latina. No era parecido a las FARC (aunque luego coincidieron en ser sicarios del narcotráfico) ni las guerrillas centroamericanas. Era un movimiento de inspiración maoísta (los intelectuales maoístas saltaron en un pie en sus casas) llamado Sendero Luminoso.

Resultó ser el movimiento terrorista con las tácticas más crueles de todos los que surgieron en América Latina. Y lo demostraron en poco tiempo.

Pudo pasar como un "simpático" movimiento insurgente más al comienzo, buscando la igualdad de los más pobres con los más ricos. Pero su fin no era ese, sino como sabemos, la instauración de una nueva sociedad, pero haciendo tabula rasa a la cultura peruana (ellos usaban pero no se identificaban con la cultura indígena, considerandolo doctrinariamente arcaico y destinado a su disolución sistemática) y fundando un país como la Camboya de Pol Pot.

No se quedaron en palabras. Sus métodos en las comunidades campesinas fueron de una crueldad que sería sensacionalista de narrar en estas circunstancias. Basta decir que fue su propia brutalidad la que propició que el mismo pueblo se organizara en rondas armadas, propiciando la derrota celular de este verdadero cáncer. En esta insurgencia, las Fuerzas Armadas tuvieron un papel disímil. Es mezquino negar que ellos eran los que defendían al Estado y ponían la cara por tí y por mí. Defendían el precario, injusto y cochino sistema de vida peruano, pero que comparado al que quería instalar Sendero Luminoso era una maravilla de oro puro. Pero también es necio ignorar sus crímenes absolviéndolos con el papel de esta defensa. Nunca fue ni será una carta blanca.

Y cabe mencionar que la mayoría de los crímenes, las masacres y ejecuciones sumarias no se dieron con los fácilmente criticables gobiernos de Alan García y Fujimori. Se dieron con Belaúnde, responsable político de la mayoría de víctimas civiles inocentes en la guerra contra Sendero. Belaúnde se salvo porque tenía demasiados conocidos en los puestos estamentales clave, porque era primo, tío, abuelo o amigo de la infancia de mucha de nuestra aún oligárquica élite de mando. Alan y Fujimori no. Clasemedieros arribistas, tienen menos defensores allí donde los coctelitos queman.

En los 80's y 90's las protestas sobre violaciones de los Derechos Humanos se remiten lamentablemente a cada caso, aún sin aclarar, donde intervino el Estado. En plena guerra. No después. Al instante.

El Frontón, Castro Castro, La Cantuta, Barrios Altos. Sí. No hay forma de negar que el Estado abusó. Se violaron Derechos Humanos. Pero no fue parte de una política sistemática. Fueron excepciones y no constantes en la lucha contra el terrorismo. El Estado debería hacer reparaciones si hubiera aplicado consciente y constantemente esta política con los terroristas, como en un caso diferente los sanguinarios gobiernos militares de Argentina y Chile aplicaron un sistema de exterminio planeado de sus opositores de izquierda que, dicho sea de paso, nunca alcanzaron ni de lejos los grados de insurgencia de Sendero Luminoso.

En la guerra contra el nazismo los Aliados cometieron varias atrocidades. Pero no fue su política sistemática. Niguna corte exige reparaciones por la voladura de Bremen, Montecassino, Hiroshima y Nagasaki.

La guerra contra Sendero Luminoso no fue una guerra contra cualquier guerrilla. Fue un combate contra un monstruo. Y se les derrotó sin apelar a ninguna "solución drástica", sin las grandes masacres de la época de Belaúnde. Se les venció con la inteligencia de la policía, el coraje de los campesinos de las rondas y la vida de muchos militares caídos en la parte más dura de la lucha. Acá no se puede apelar a una gran masacre como se mencionó en muchos informes políticamente intencionados de la CVR. No se puede dejar tácitamente al Estado y SL en el mismo plano moral de atrocidades. Eso es injusto y maligno. El Estado Peruano se libró lenta pero efectivamente de una guerrilla terriblemente cruel que quisiéramos ver como la hubieran tratado en la Argelia francesa, el Vietnam norteamericano o el Afganistán soviético.

El estado de guerra es diferente al estado de paz. Y si una guerra que se gana sin tener una política SISTEMÁTICA de guerra sucia, es algo que no es un pan comido. Es duro. A diferencia de lo que la intelectualidad de cierta izquierda, sobre todo la izquierda caviar, nos quiere hacer creer, Perú no fue Argentina, ni Chile, ni El Salvador ni Guatemala. Morote, Abimael Guzmán, Iparraguirre y Feliciano no fueron ejecutados sumariamente sino puestos tras las rejas de nuestro sistema de justicia. No nos costó poco lograrlo.

La guerra acabó, y los inocentes que cayeron en ella deben de tener reparaciones de parte del Estado. Eso es justicia. Organizaciones de Derechos Humanos, allí adelante con las investigaciones, sean cuales fueren sus móviles políticos, tendrán una consecuencia finalmente positiva.

Pero compensar a los terroristas convictos que murieron de una u otra forma en ella, no. Fue una guerra y ellos perdieron, para fortuna tuya y mía, del oligarca, del campesino, del proletario, del intelectual y del analfabeto del Perú.

Sobre la CIDH. No podemos patear el tablero, pero se han planteado salidas tan leguleyas como las que les dan compensaciones a los terroristas, solo que estas salidas ahorran dinero al Estado y no los destina a compensar los crímenes de estos miserables. Embargar como parte de la compensación al país esa suma, por todo lo que nos destruyeron y aniquilaron, me parece lo más saludable.

Que el tiempo no disuelva nuestros tristes recuerdos de bombas, sangre y hoces con martillos encendidas en los cerros de una Lima sumida en tinieblas. Acá lo políticamente correcto es una trampa y la justicia es lo más claro y evidente.

Yo no levantaré un dedo para que les den dinero. Oyeron. Me opongo rotundamente. NO USARÁN UN SOLO CÉNTIMO DE MIS IMPUESTOS PARA COMPENSAR A LOS TERRORISTAS.

2 comentarios:

Guille, da maus dijo...

Saludoss

La derecha -si acaso eso existe porque no veo a ningun politico o votante que se autodefina como "de derechas"- juega como cualquiera con la política, y el asunto de los DD.HH. es netamente político nos guste o no. De alli la desproporcionada atención que reciben unos en comparación a otros.

Los defensores de los DD.HH. a sabiendas o ingenuamente (segun su edad, je) participan del socavamiento de principios imprescindibles para la democracia y el estado de derecho, entre ellos el principio de la autoridad del estado y el uso legítimo de la violencia en defensa del ciudadano.

Fabber dijo...

Es lógico que recurran a todas sus armas tanto la izquierda como la derecha, esta última en el Perú existe de manera totalmente visible, solo que no consideran estratégico denominarse así.

El problema es la mal utilización y la apropiación en una época de un sector y luego de otro, del ideal de los Derechos Humanos. Su uso político la afecta en su caracter de universalidad, y tenemos que rescatarla de ello, evitando caer en las trampas políticas que la usan con un fin específico. La autoridad del Estado y el uso legítimo de la violencia son aspectos que siempre han de estar vigilados, no socavados, pero tampoco consentidos sin cuestionamiento.