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4.5.08

Santa Cruz: el fantasma de una guerra racial

Tristemente, los conflictos raciales son una suerte de pólvora que nunca está lo suficientemente vieja y mojada como para no volverse a encender. Si a veces podemos tener una sensación de mejora y aligeramiento de las tensiones raciales (ver el reciente debate Bruce-Tanaka al respecto) no podemos olvidar que, a pesar de estar escondido bajo gruesos mantos, se nota el perfil de un conflicto dormido entre los descendientes de una civilización destruída como la andina y los victoriosos descendientes de la invasión occidental de hace 500 años. Los análisis de mediano plazo no deben hacernos perder la vista panorámica del problema.

A pesar de los siglos, no es un secreto que la sensación de una cuenta por saldar subsiste en el pensamiento "indígena", a la par que el desprecio hacia éstos y un deseo semi-inconsciente de appartheid domina mucha de la idiosincracia de los estratos "blancos" dominantes. Pongo "indígenas" y "blancos" entrecomillados, pues debido al mestizaje, ambos conceptos distan de ser exactos, aunque sirven para la aproximación. La tensión entre estas dos fuerzas ha tendido a debilitarse a lo largo de siglos, más que nada por la disolución del componente andino en la sopa occidental, antes que por una mezcla simétrica. Pero la pólvora nunca está suficientemente mojada si salta un fuego demasiado agresivo.

Hace pocas horas los resultados del referéndum para la autonomía de Santa Cruz, la provincia separatista y "blanca" de Bolivia, han dado un resultado a favor del SÍ con un 8o% de los votos, pero simultáneamente a un 40% de abstención.

El referéndum obedece a los intereses de un separatismo fomentado por intereses de grandes latifundistas, irónicamente muchos de ellos descendientes de la desintegrada Yugoslavia como las familias Makovic y Marinkovic de origen croata, que se suma al racismo hacia los habitantes aymaras y quechuas del occidente andino boliviano (y que ahora están en el poder) y al descontento generalizado con el gobierno de Evo Morales. Lo que era un camino desestimado y poco probable hace unos años, se concreta ahora en un escenario que se volvería una pesadilla no solo para Bolivia sino para nuestra región.

El discurso autonomista principal (como preámbulo a una total independencia) tiene un componente racial fundacional, lo que se puede deducir de sus páginas más representativas que hasta hace unos años lucían un símbolo parecido a la cruz gamada, que por obvias relaciones internacionales han cambiado, usando ahora un águila de ceño austero y estética pokemón.

Los autonomistas santacruceños reclaman toda la geografía no-andina de Bolivia como territorio de una novísima entelequia étnica, la "Nación Camba", razón por la cual han logrado fomentar referéndums similares en Bení, Pando y Tarija, otros tres departamentos bolivianos que coincidentemente son los que tienen la mayor riqueza en recursos del país.

El éxito de un movimiento independentista en Bolivia, transformaría el corazón de América del Sur en una ardiente Yugoslavia latinoamericana. Es altamente probable que un cambio de tal magnitud no suceda sin una resistencia militar del estado boliviano, que vería amenazada su misma supervivencia. El equilibrio geopolítico en la región andina se vería trastocado por la aparición de uno o más actores estatales, y el reacomodo de dicho equilibrio implicaría un elevado riesgo de una pugna bélica por los restos.

Con el hegemón norteamericano debilitado económicamente y con su opinión pública adversa a cualquier nueva aventura militar, son más altas las probabilidades que los actores regionales se reacomoden con sus propias fuerzas. En este caso quien tiene una ventaja abrumadora y clara es nuestro siempre previsor vecino Chile, cuyas FFAA son superiores a las fuerzas combinadas de sus vecinos, con una Bolivia que es Liliput militarmente hablando, un Perú que se encuentra con un problema de material obsoleto y vacas flacas, o la misma Argentina, con un presupuesto militar más exiguo que el peruano, y cuyas FFAA han caído en desgracia desde las sangrientas dictaduras y la Guerra de las Malvinas.

Por otro lado, aún si no se llega a un escenario bélico internacional, existe el problema interno en el Perú, mucho más probable y quizá más grave de lo que parece. Basta el ejemplo de la prédica humalista que entre el 2000 y el 2006 se esparció por el país con una facilidad increíble, basándose más que nada en el componente de reinvindicación étnica. Junto con ello está el elevado descontento en el sur del país, y que se agudiza justamente en Puno, en los límites con Bolivia, cuyo presidente regional hace poco se ha atrevido a soltar una sorpresiva propuesta independentista. Muchos en la capital lo tomaron como una pachotada, pero para mí esa frase desafortunada ha pasado por un proceso lejano a nuestros ojos y que solo me lleva a la preocupación.

Un escenario en nuestras fronteras con una Bolivia yugoslavizada solo puede significar problemas internos y externos para el Perú y, a mi juicio, un escenario más probable de conflicto bélico que el derivado del diferendo marítimo con Chile, escenario terrible que debemos eludir a toda costa. Nuestra diplomacia, la que reconoció la independencia de Kosovo, debería saber que el asunto santacruceño es de un interés nacional, vital y no periférico, y orientar muchas de sus baterías a tratar con ese problema. No solo un pronunciamiento, sino una posición activa en contra de los separatismos regionales, armando las barricadas y preparando el agua antes que actuar sobre la marcha. De lo contrario, problemas que afecten a nuestra integridad como nación pueden contagiarse con la rapidez del ébola.