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10.5.09

Por la fecha de mamá

Feliz día a todas las madres. Oye tu, compórtate como un verdadero caballero de oro, compra un regalo y ayuda a mejorar la economía nacional.

5.5.09

¡Ponyo! ¡Ponyo!


¿Qué puede motivar el ir a dormir lleno de felicidad, despertarse y seguir con una sonrisa de oreja a oreja, canturreando mientras preparas el desayuno?¿El amor por tu novia y seres queridos? ¿Un proyecto exitoso? ¿Un sol que despierta el espíritu? ¿La lotería?

Todas son razones plausibles.

Como también el ir anoche a ver la última cinta de Hayao Miyazaki: Ponyo en el Acantilado o en japonés Gake no ue no Ponyo, (2008). Miyazaki-sama me ha vuelto a sorprender. No esperaba que la película de ayer me volviera a pegar a mi asiento, dejándome boquiabierto, fascinado.

Los primeros minutos de la película no me generaron mucha expectativa, aunque sí la premisa de una historia rara. Temía que Miyazaki hubiera brindado una obra pensada exclusivamente en el público infantil con la historia de una niña medio pez, que entabla amistad con un niño de una ciudad portuaria japonesa. Y claro que ha pensado en los niños, pero también en aquellos que sobreviven en el fondo de los corazones más prácticos. De pronto todo se desborda, pero más que en el sentido dramático, en el fantástico y la idea que tienes de lo que hace exitosa una historia, con feroces conflictos internos y dilemas que destruyen el alma, vuelve a estallar como Miyazaki ya lo había hecho con su otra película de cariz parecido, Mi Vecino Totoro.



No. No es necesario volver el mundo oscuro, tocar las notas más ácidas de la existencia y razguñar las piedras para llegar a las fibras más sensibles del alma. A veces basta paz, imaginación y encanto, como entiende Miyazaki. Porque esa también es nuestra naturaleza y eso también nos cautiva, a pesar que desde el siglo XX lo artísticamente prestigioso sea solo el desgarro, la tragedia, las tinieblas y todo lo que rompe con el pasado.

La belleza pura y la dulzura han perdido lugar en el mundo y Miyazaki lucha heroicamente contra ello. No rompe con el pasado, sino que articula como siempre tradiciones, mitologías y elementos de su rica cosecha personal. En el caso de Ponyo simplifica su pincel, el detalle con que dibuja el mundo se convierte más que nunca en el de una acuarela, y los trazos con los que son contados los personajes son suaves y encantadores. ¿Es eso malo? Al contrario, son algunas de las muchas virtudes de su obra. Ponyo se permite, literalmente, surfear sobre una apabullante ola de fantasía para pegarnos con un tsunami de imaginación.

Allí están varios personajes clásicos de Miyazaki, que posee un "elenco" de rostros como si escogiera actores favoritos para volver a actuar en sus obras: las abuelas que derivan de la inolvidable Mama Yupa de Tenkuu no Shiro Rayputa o los operarios del puerto que han sido anteriormente piratas aéreos en Porco Rosso y sobre todo una versión adulta de las adolescentes princesas aventureras de Nausicaa y Mononoke Hime ahora convertida en la madre de Sosuke, el niño que se hace amigo de Ponyo.

Finalizo contando mi experiencia real saliendo del cine Renoir en Plaza España, un Martes a la 1 de la mañana. Todo el público era adulto y casi todos salieron coreando lo que captaban de la la canción del final, algunos para sí, algunos en voz alta. Es muy infantil, casi preescolar, pero solo después de ver la película se tiene la inyección suficiente de candor y despreocupación para cantarla.

Eso es Ponyo en el Acantilado, un legítimo y totalmente necesario viaje a la infancia y la fantasía.

11.2.09

Mostrobujos y Seiji Yokohama

Como un arqueólogo de la nostalgia, vale la pena sumergirse en las insondables arenas del youtube y encontrar fósiles que ayudan a reconstruir nuestro pasado.

Las viejas películas japonesas de anime-terror, transmitidas en el Perú ochentero por canal 9 bajo el rótulo de "Mostrobujos", siempre constituyeron un misterio en muchas conversaciones que respondían al "¿te acuerdas de ...?". Se encontraban en un horizonte lejano, por lo menos para mis amigos y gente con la que indagué, porque para buscarlas había que tener suerte encontrando sus nombres originales en japonés.

Y para suertes, la mía.

Cuando me pregunten (habla Raúl) sobre como encontrar el Drácula de los mostrobujos del 9, puedo responder que responde al título japonés de Yami No Teio Kyuketsui Dracula (1981):



Cuando indaguen sobre aquel Frankenstein en anime que trababa amistad con una niña, puedo remitir a Kyofu Densetsu Frankenstein (1981)



O aquella triste película de dinosaurios, que es exactamente Daikyoryu Jidai (1979)



No solo tienen esa gráfica preciosa y perdida que es la del anime setentero, contemporáneo a la del clásico Uchuu Senkan Yamato ("Nave Espacial" en Perú), sino que cuentan con la música de Seiji Yokohama, uno de los mejores compositores de bandas sonoras, responsable de mucha melancolía en Capitán Harlock o ese estallido de épica y tragedia musical que hizo memorable a Saint Seiya. Gracias a ir buscando cosas inéditas de Yokohama no solo encontré que esa hermosísima voz femenina que acompaña muchos de sus temas es una sola persona: Kazuko Kawashima, sino el dato que me faltaba de los Mostrobujos.

Esperen, que no puedo despedirme sin poner alguno de mis favoritos de Yokohama



Bueno, una más. Y que no se haga costumbre.



1.6.07

Recuerdos catódicos

Una moda que me parece muy afortunada es la de rescatar y enorgullecerse de los shows y programas que uno veía en su niñez. Antes solo podías hablar de Mazinger, el Chavo del 8 o Robotech solo con tu sector de amigos divagantes, luego muchos de ellos transformados en actuales frikis, pero como la nostalgia gana a las reticencias del "qué dirán" o "creerán que soy poco cool-chévere" lo que comenzó como un oculto diálogo de borrachos hablando sobre la niñez con las últimas chelas se convirtió en algo abierto e inclusivo.

Cada día veo más autos con símbolos autobots, polos con escudos de Flash o señales cazafantasmas que vuelven del pasado. Antes que ponerme en plan "ya-banalizaron-lo-que-me-distinguía", me siento incluso un poco orgulloso por no haber evadido jamás esos temas, aún cuando eran "uncool" y me alegra que cada vez sea de dominio público, porque las leyendas y cuentos con los que uno crece ya no se dan en torno a una fogata sino (mátenme detractores de la "caja boba") en torno a la TV. Para bien o para mal, es una realidad que ya habita en el inconsciente de muchas generaciones.

La cultura popular que nos marcó y educó es un referente común que tenemos entre todos los estratos sociales, y mientras unos podemos sentirnos perdidos sobre qué cosecha de Merlot es la que hace mejor maridaje con el cordero, y otros no recuerden qué temas tocaba la "Muñequita Sally", siempre tendremos a Optimus Prime, Noppo y Gonta, Don Ramón o Darth Vader para hablar desde una base común en caso de emergencia.

Con ayuda del Youtube, nuestra generación tiene las mejores oportunidades para evocar sus narraciones del pasado desde la invención de la escritura. ¿Exagero? Quizá, pero tengo que estar a la par con todo el entusiasmo y las metáforas revolucionarias exageradas de la web 2.0. Bueno, ahora que los Transformers, el Vengador o el Chapulín no están en peligro de extinción y están más vivos que nunca, me toca rescatar algunos programas que se han ido más fácilmente de la memoria, pero que viven en la web.

Telematch por ejemplo, he notado que va desapareciendo de la cabeza de muchos. Era distribuído por Transtel, firma alemana que también nos traía las entrañables temporadas del "Cajón de Juguetes" (por dios, no lo encuentro).



Un dibujo animado con personajes de gran carisma era "Dartacán y los Tres Mosqueperros". Como buena costumbre japonesa, tomaban un clásico de la literatura occidental y le daban reciclada y media. La canción era uno de los openings más pegajosos que recuerdo



Fraggle Rock fue el más grandioso show de títeres de Jim Henson, una suerte de Muppets en cafeína, que ya es decir mucho.



El galardón a la historia más lacrimógena en dibujos animados no está en manos de Marco, sino de Remi. La triste historia del niño que se une al circo itinerante de Vitali, conformado por un gracioso troupé de perros, evoluciona en la tortuosa muerte del viejo Vitali y cada uno de los canes, atacados por lobos, el frío, la indiferencia de las urbes y poco más, la Okrana rusa. Yo seguí la historia hasta el final. El ending de la serie me trae más recuerdos que el opening, era la parte más alegre de esta tragedia greco-japonesa.



Si quieren ver una masacre de perritos, esta es su serie.